Por José A. Ciccone

Entramos en una, desconocida para nosotros, Semana Mayor con características únicas, en medio de una pandemia de la que ya han hablado hasta el cansancio los expertos y también quienes no lo son y quieren aprovechar la coyuntura. El Domingo de Ramos, sin ramos en esta ocasión, donde se celebra la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén para ser ungido como Hijo de Dios, pasó en silencio y con iglesias vacías en todo el mundo. Este jueves y viernes como Días Santos, esperando el Sábado de Gloria para culminar con el domingo en Pascuas de Resurrección. Ahora sí que aquellos que sólo esperaban esta Semana Santa para vacacionar y divertirse, tendrán que practicar el recogimiento con su familia, para así entender mejor el verdadero sentido de esta semana crucial para la grey católica que reúne algo más de mil 300 millones de seguidores en el mundo.

No es cualquier fecha, es la más significativa y cara a los sentimientos de aquellos que rememoran lo que fueron los 33 años de vida en la Tierra, crucifixión y eternidad de Jesús de Nazaret, el comunicador más grande y efectivo de la historia, que supo reagrupar y concentrar multitudes. Adeptos y seguidores fieles que a través de más de dos mil años, siguen venerando su figura eterna y depositando incondicionalmente su confianza en él.

Jesús, lo mismo que Juan el Bautista, se había educado en el Desierto, con los esenios de quienes adoptó las reglas de los bienes en común, la cena ritual, la ceremonia del bautismo y su desprecio por la propiedad, pero al cumplir treinta años se apartó de la secta, en rebeldía con ella o autorizado por ella, para predicar su propia doctrina y fundar su propia orden. Se permitió beber, cosa que no hacían los esenios y curar en sábado, porque el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado. Nunca, sin embargo, dejó de sentirse esenio.

A ambos los ejecutaron los romanos. Luego de la conocida ejecución de Juan el Bautista, no había ninguna razón para pensar que no le pasaría lo mismo a Jesús.

Cristo resistió a la tentación del diablo en el desierto, desde allí fue a Galilea y empezó a predicar: “Arrepentíos porque se acerca el Reino de Dios”. Así fue que su fama creció y los discípulos lo fueron rodeando y siguiendo a todas partes. Las muchedumbres, por toda Galilea y Siria, empezaron a creer en él. Lo seguían todos los que padecían algún mal, por diferentes enfermedades y padecimientos. A todos curaba, decía cosas rebosantes de esperanza: “Bien aventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán recompensados”. Sus prodigios y dichos se esparcían por todas partes. Pidió amar a los enemigos, multiplicó lo panes y los peces, caminó sobre el mar, echó a los mercaderes del templo, perdonó a una prostituta y aseguró que es más fácil que un camello atraviese el ojo de una aguja a que un rico llegue al reino de los cielos. Recomendó poner la otra mejilla y hasta resucitó un muerto llamado Lázaro.

La historia es más larga y compleja, pero no menos tremenda, porque prefiguraba el otro crimen, el crimen contra Dios, según la visión de los creyentes. Escribió el poeta francés Charles Baudelaire: “Dios es el único ser que para reinar, no necesita siquiera existir”. Eso es lo que no comprendieron los presuntos asesinos de Dios, que el Deicidio es imposible”. Ni lo que Hegel enseñó mucho después: ‘Dios es la idea de Dios’. De allí que su condición de eternidad y de “inasibilidad” para la malicia de algunos seres humanos.

El mal se enmascara, se escabulle, y se acerca, seduce y tienta, sobre todo cuando la necesidad apremia. Si hay una prueba de fuego, esa es la detectar el mal para resistirlo mejor. El desierto es sólo una metáfora, según la visión del biblista alemán Martin Heidegger, “es una soledad sonora y espacial que propicia la escucha, que abre el alma al llamado y el mal llama a la puerta del alma de los hombres y del bien también”. Pero, ¿quién es el diablo y quién es el buen Dios? No es fácil distinguirlos en el día a día de nuestras vidas, cuando nada es fácil. Es una soledad que al fin cada uno decide, es el desierto existencial, cuando se juega el destino de la libertad.

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