milan-kundera-el-deleite-de-la-palabra-bien-escrita

Por José A. Ciccone

Pero si Dios no cuenta en estos días y el hombre no es ya el dueño,
¿quién es entonces el dueño? El planeta avanza en el vacío sin dueño alguno.
Ahí esta la insoportable levedad del ser.
MK

Hace unas semanas nos dejó el excelso escritor checoslovaco más admirado por mí, después del genial Kafka, que supo interpretar la levedad del ser con maestría, profundidad e ironía y si ésta última es la sonrisa de la razón como algunos la llaman, Kundera la plasmó de forma extraordinaria en todas sus primeras obras.

En sus últimos libros -como opina el talentoso escritor y amigo Daniel Salinas Basave, en un magnífico artículo que me encargué de compartir con los fans del autor-, aflojó el ritmo y no me sacudieron como los primeros, quizá porque el impacto positivo y primario de la novedad se fue desvaneciendo, o porque se fue ‘afrancesando’ demasiado con su pluma.

Mi vida junto a Milan empezó cuando un amigo -Eduardo Guevara-, en 1968 me regaló en Buenos Aires un ejemplar de La broma donde el autor, entre otras geniales reflexiones, nos prevenía que el mundo estaba perdiendo el sentido del humor, en el escenario de la comedia privada, dentro del gran espectáculo de la política, en una sátira del comunismo estalinista. Magistral la forma de enhebrar situaciones, los relatos me impactaban con la fuerza de un motor fuera de borda en marcha sobre altamar, entre otras cosas, porque el humor bien planteado y graficado, siempre imaginé que provenía de mentes sobresalientes. Nos enseñó con sus libros que no existía algo más profundo para asegurar la coherencia de una novela que la unidad temática. Curiosamente se autodefinía como novelista, no como escritor.

Luego, en 1973, llegó a mis manos La vida está en otra parte -Premio Médicis a la mejor novela extranjera-, una obra de narración onírica, en alguna de sus partes y otras con encuentros paradigmáticos que se entrecruzan en la vida de otros autores, de otros siglos, como fue el caso del poeta simbolista francés Arthur Rimbaud o el poeta ruso Mijail Lérmontov.

En 1984 llega su obra maestra La insoportable levedad del ser donde narra con exactitud y profundidad, la vida de un hombre y sus dudas existenciales en relación con su pareja, en escenas que derivan en conflictos del orden afectivo, dentro de la cotidianeidad de sus vidas. Las acciones se estructuran en varios factores que van desde lo histórico-político, pasando por lo filosófico y psicológico, hasta llegar a lo artístico, en un marco experimental socialista que contempla también la Guerra Fría. La segunda parte del libro, comienza con una larga y penetrante reflexión sobre las relaciones entre el cuerpo y el alma, imperdible, para los expertos críticos literarios y para mi, lo mejor escrito por Kundera.

En 1985 obtiene el Premio Jerusalén, galardón que se concede a escritores cuyo trabajo haya destacado en la lucha por la libertad, dentro de la sociedad actual. En el acto de la entrega del reconocimiento, el autor expresó algo que me parece digno destacar:

“No creo que se deba a la casualidad, sino a una larga tradición, el que el premio más importante que concede Israel esté destinado a la literatura internacional. En efecto, son las grandes personalidades judías quienes, alejadas de su tierra de origen, formadas al margen de las pasiones nacionalistas, han demostrado siempre una sensibilidad excepcional por una Europa supranacional, una Europa concebida no como territorio, sino como cultura. Si los judíos, incluso después de la trágica decepción que les causó Europa, han permanecido fieles a ese cosmopolitismo europeo, Israel su pequeña patria finalmente reencontrada, se muestra a mis ojos como el auténtico corazón de Europa, extraño corazón situado fuera del cuerpo.

“Con gran emoción recibo hoy este premio que lleva el nombre de Jerusalén y la huella de ese gran espíritu cosmopolita judío”.

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