Mentir para sobrevivir blog

Por José A. Ciccone

En pleno 2021 se entiende que cuando hablamos de prensa lo hacemos consciente que no se refiere uno solamente a los impresos, sino a todos los medios de comunicación que nos pretenden alcanzar, claro está, incluyendo las benditas, o malditas -dependiendo las conveniencias-, redes sociales.

En la elaboración de contenidos hay de todos colores y sabores, están los genuflexos que aceptan lo que viene de arriba y lo reproducen sin tocarles una coma, aunque sean verdades a media, dichas con total liviandad, para evitar asperezas innecesarias.

En el otro rincón, están los que sí hacen su chamba investigando como se debe y publicando –previo tamiz de comprobación-, aquello que sí es noticia y debe ser informado al lector. No faltan los que le apuestan al silencio elocuente, sin darse cuenta que el que calla otorga siempre, alimentando más la desinformación y el atropello de quienes no quieren opinar, aunque sea su responsabilidad hacerlo como funcionario público pagado por todos nosotros.

Nunca me interesó meterme en la vida privada de nadie, lo que tiene ese carácter íntimo debe mantenerse en la más absoluta privacidad, no para esconder nada, sino para preservar el derecho que uno tiene a defender su intimidad a toda costa, porque cuando se violan esos derechos, entonces habremos mostrado la cara más oscura e injusta de una sociedad empobrecida, carente de valores y principios.

El periodismo serio, aquel que busca permanentemente la verdad, aunque ésta no tenga dueño absoluto, todos la queremos palpar, aún en la interpretación de otro que investigó y documentó lo que afirma, como una forma de acercarnos a ella.

Ese es el tema, investigo, propongo, escribo, lo hago público y existo. Sin estridencias o gritos innecesarios, ni hipérboles inútiles, mucho menos reflejar gozo cuando se leen los muertos diarios provocados por la pandemia, parecería que hay algunos a los que les encanta buscarle un problema a cada solución contra el Covid-19, encienden las alarmas sin que nadie se los pida, seguramente en la creencia que de ese modo venderán mejor su permanencia en el medio que les haya tocado trabajar. Todos queremos informarnos, es verdad, pero nadie necesita que le aticen el fuego de la intranquilidad; del pánico, ¡o nos inventen virus nuevos todos los días! Por lo menos que nos dejen alentar la esperanza que pronto podamos salir avante de este largo flagelo que -salvo a los laboratorios extranjeros fabricantes de la vacuna salvadora-, no le conviene a nadie su permanencia nociva.

Creo que llegó el tiempo de desenmascarar y oponerse a quienes invocan la libertad de prensa para estimular los sentimientos más bastos, para tratar de crear una sociedad de sordos y atolondrados. Y, por supuesto, para seguir ganando dinero a cualquier precio.

La prensa amarilla es, a la vez, causa y síntoma. Vulgar, alienta lo peor de cada uno, sus frustraciones más oscuras, las sensaciones mórbidas, los deseos más perversos. Todo comandado por la codicia, el frenesí por ganar el primer lugar a costa del otro. Esos supuestos editores de las desgracias decididos a lucrar con las vidas ajenas, tampoco vacilarán en lucrar con la muerte del que sea, está demostrado.

Los manipuladores necesitan a los entrometidos y para eso, ahí están ellos, profesionales de los BOTS, (aféresis de robot), que les encanta arruinar reputaciones. No están solos, los acompañan una pléyade de internautas que buscan acaso algo que justifique la pobreza de su destino, que les ayude a olvidar la oquedad de sus propias vidas. La grosera vulgaridad de estas estrategias, los ejecutores y consumidores de estas noticias -o fake news-, cierran una red de torvas complicidades que debemos detectar y ponerles un alto.

Esta prensa que no quiero, disfrazada de popular, adula al ‘establishment’. Ensalza a los victoriosos y convierte a los héroes en villanos cuando la suerte cambia de mano. Ni siquiera se pone roja de vergüenza cuando proclama su más abyecto servilismo hacia los poderosos permanentes o de turno.

Siempre sostuve que la mejor comunicación dentro del periodismo, es aquella que hace pensar, que se documenta, que no se adelanta sin tener pruebas, que alienta la libertad de expresión, la independencia de criterio y el espíritu crítico.

 

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