Mentir para sobrevivir blog

Por José A. Ciccone

Usted dirá el por qué de esta pregunta y paso a explicar, como puedo, el titular de hoy. Esta introducción se justifica en tanto allí anclan muchas de las principales reacciones sociales que el hoy tan mentado tema de la inseguridad provoca. Aquí, donde nos tocó vivir o en cualquier punto del mundo que usted elija, pocos países se salvan de este flagelo globalizado.

Tal vez sirva de consuelo para esta reflexión inicial, lo que puede pasar en otrolado, aquello que todos los días vemos en las noticias, o en la calle, que no terminan de asombrarnos por el sadismo de esa violencia manifiesta, que nace en una inseguridad que preocupa, ocupa y atemoriza por igual. Poco importan las condiciones sociales de cada quien, porque –salvo aquellos que pueden protegerse con seguridad personal-, los demás quedamos expuestos, todos, sin
excepción.

Hay un viejo y conocido aforismo del psicólogo Lacan que nos dice: “La realidad tiene estructura de ficción” que una leve y caprichosa torsión podría transformar en “La ficción tiene semblante de verdad”, o en una de sus aplicaciones posibles: “Una mentira tiene que ser verosímil para ser creíble”, sólo así será una verdadera mentira.

Es en esa verosimilitud que andan los discursos más mundanos que inundan la prensa, más la vasta información -falsa y cierta-, que nos llega vía redes sociales, pero que también invaden el imaginario social usando como vehículo acelerado, sin dirección, la inseguridad concretada en violencia, que además se encargan de reproducir intacta, con dosis de morbo incluida.

En efecto, este es un problema que jaquea a toda la sociedad, tan innegable como palpable.

El temor que produce se expande y llega, tanto al trabajador que se sube a un camión para ir a sus labores, como a una empleada que la arrastran con todo y bolsa para robarle, no se salva el profesionista, ni el artista o el comerciante, ni el funcionario de cualquier nivel y mucho menos el aspirante político que puede ser abatido en plena luz del día.

Toda la sociedad teme, aunque el temor nos pinte distintos matices, desde aquellos que sólo ven por sus intereses pensando en alguna manifestación de gente inconforme que pueda poner en peligro parte de sus bienes, o paralicen su producción, al del desocupado que teme quedarse sin subsidio del gobierno, pasando por la mayoría trabajadora que la inseguridad le produce escozor con sólo pensar que lo asalten en la calle o le desvalijen su vivienda, hasta el que desde su pequeño negocio, junta algo de ganancias para comprar más insumos o reinvertirla en crecimiento, generando más empleos y de repente le cae una visita de delincuentes pidiéndole dinero de ‘cooperación’ para que pueda seguir operando.

Es ahí donde nos preguntamos al unísono, si es verdad que existe la llamada ‘delincuencia organizada’, por qué no somos capaces de crear una contraparte de fuerza ‘mejor organizada’ para poder abatir tantos problemas y sentirnos más seguros los de a pie.

La culpa no es de nadie en particular, pero sí la responsabilidad de darnos seguridad por parte de quienes comandan los destinos de una ciudad, un Estado o todo el país. La inseguridad, como sistema de seguridad aplicada, como forma de la reproducción ampliada, produce una subjetividad aterrorizada, melindrosa y pobre en deseos. El único deseo será sobrevivir.

Una de sus condiciones es la verosimilitud constante de sus falaces argumentos, que un simbolismo aplanado por las imágenes que acompañan todos los actos de la vida cotidiana, desde cámaras instaladas en cualquier rincón de una ciudad, produciendo la ilusión que la realidad es aprehensible, sin interpretaciones personales, repite de manera traumática en cada noticia del orden criminal que afecta nuestra mente sensibilizada hasta los huesos. La mayoría
de los ciudadanos encierran algún temor, es lógico, mayor el miedo, menos capacidad de reflexión que luego, paraliza cualquier acción.

Cuando nos siguen hablando de inseguridad vía desaparecidos o crímenes y violencia urbana, las estadísticas -que no tienen color partidista- y las charlas informales lo confirman. La inseguridad no es una mentira de los medios tradicionales o ‘fake news’ de las redes sociales, es una medio verdad que mostrando los más evidentes peligros para nuestra integridad, oculta. Y eso, tendría que hacernos sentir mucho más inseguros que el delincuente que pudiera
estar acechándonos.

Lo que nos escamotea, dejándonos en manos de la engañosa certeza del sentido común peor entendido, es su lógica criminal sin sujeto del crimen, aunque siempre haya quien venga a encarnar esa función en cada momento y en cualquier lugar, hasta en el menos pensado.

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