En los últimos días y en nuestro país, sucedieron hechos que hicieron correr noticias muy importantes, pero también el rumor ganó las calles nuevamente. La llegada a Tijuana de la discutida caravana de inmigrantes hondureños a los que también se adhirieron salvadoreños y guatemaltecos, aprovechando el tumulto, más las elecciones del pasado 6 de noviembre en los Estados Unidos, rodeadas de especulaciones que supuestamente tuvieron que ver con este éxodo masivo, más el un nuevo gobierno en México que asume el licenciado Andrés Manuel López Obrador, hecho al que tampoco le faltan detractores especializados en augurar malas señales y crear rumores, sin siquiera conocer a fondo cuáles son las nuevas propuestas.
 
En el caso de los inmigrantes, tantas fueron las versiones sin comprobar creando un mar de confusiones, que a la vez provocaron agravios, insultos y hechos que rayaron en lo violento, tanto en contra de los integrantes de la caravana, como entre grupos en contra y a favor de su estancia en Tijuana.
 
Información tergiversada y poco transparente, más noticias elaboradas con mala intención que se siguen alimentando negativamente con rumores de toda índole, se dejaron correr en este caso, al que le agregaron ‘la vibra negativa’ de los vecinos, alambrando sus fronteras contra una supuesta invasión -que este domingo pasado, casi le terminan dando la razón a Trump con los desmanes ocurridos y el cierre total de la línea por varias horas-, o sea, que además de los graves hechos, hay que sumarle la mala intención de falsos líderes de grupo que siguen creando versiones por doquier, abonando a la ignorancia.
 
Así como en estos casos, otros acontecimientos que nos preocupan siguen alentados por la rumorología, que no sólo informa mal, sino que puede hacer tomar decisiones equivocadas, o lo que es peor, normarse un criterio erróneo con estas bases.
 
“Cuando el río suena”… Pero, ¿quién hace fluir esas aguas ruidosas que confunden y crean malformación en cualquier noticia, dato o comentario?
 
Todos somos parte del rumor, ese que aparece como una sombra amenazante, ese que lastima ominosamente, porque ninguno lo puede atestiguar con precisión, ni brinda datos fehacientes de dónde surgió. El rumor que nunca llega por un testigo directo: “Lo oyó la cuñada de una tía de mi esposo y dijo que el agente de inmigración agredió verbalmente al inmigrante y lo amenazó”…
 
Aunque ninguno de los presentes pudo comprobar nada de lo que dijo “la famosa cuñada”, el inmigrante jamás había sido amenazado, y el acusado actuó dentro de la ley, el daño ya estaba hecho y el agente era injustamente señalado.
 
Debemos recordar que hoy, las noticias –buenas o malas, ciertas o falsas-, se propagan a una velocidad inusitada, sin tiempo para procesarlas debidamente, por este motivo y otros mencionados, el rumor hiere hoy más que antes en la comunicación de nuestros días.
 
Tan extensos serán los rumores como la imaginación inagotable y fogosa de los que lo provocan. Lo real es que producen mucho más perjuicio a la hora de propagarlos que a la hora de ‘crearlos’. Es tiempo de creer más en lo que podemos corroborar, venga la información de una fuente periodística seria y de investigación o de un pasquín electrónico supuestamente apoyado por miles de seguidores, aunque estas comprobaciones, en ocasiones estén ligadas al espíritu o a la fe, que no siempre son “asibles”, pero que por lo menos ‘se hacen sentir’, tienen presencia cierta.
 
Recordemos que nadie siembra un rumor con la finalidad de prestigiar a alguien, sino todo lo contrario, se hace con el propósito de socavar su buen nombre o trayectoria.