Mentir para sobrevivir blog
Por José A. Ciccone

La semana pasada, la noticia cayó como un mazazo. Sabíamos que estaba enfermo superando otro trance de salud, que en los últimos años lo acompañaron, de todos modos como siempre se nos antojó eterno, pensábamos que lo superaría y una vez más saldría airoso con sus todavía jóvenes sesenta años. No fue así y hoy duele mucho no tenerlo.

Nos dio las mayores alegrías deportivas a los argentinos, lo vi jugar en persona y deleitarme en compañía de mi hijo Leonardo que era un niño y hoy es padre, en aquel inolvidable Mundial ’86 de México. Juntos vimos aquella ‘mano de Dios versión traviesa’ y el gol histórico a los ingleses que fue dejando rivales en el camino hasta el éxtasis de convertir y gritarlo con toda el alma, dejándonos roncos de alegría, fundidos en abrazos interminables, riéndonos y llorando al mismo tiempo.

Vivió y buscó su felicidad como lo hacemos todos, con las armas que tenemos, con nuestras virtudes y defectos, que a diferencia de los de él no se hacen públicos, pero ahí están, por eso alguna vez osamos criticarlo y meternos en su vida personal, quizás como una forma virtual de protegerlo porque veíamos que su vida se malgastaba. Fue el mejor jugador del mundo, porque reunía habilidad, destreza, visión panorámica y mucho corazón, tan grande que sus latidos podían oírse desde la tribuna, eso lo hacía distinto, único y privilegiado. Cuando se ponía la albiceleste, dejaba todo en la cancha y se notaba, lo transmitía a sus compañeros –la prueba más fehaciente fue la final que le ganó a la poderosa Alemania- y lo multiplicaba por millones en todo el mundo que lo admiraba.

Inspiración para millones de personas que aman este deporte, Maradona se posicionó mundialmente como unas de las personas más conocidas del Planeta y en cualquier idioma. Su fama ganó terreno tan rápido como sus logros deportivos, por eso tanta gente hablaba y se metía con él, lo sentían parte de la familia, como alguien que se portó bien o mal pero que les pertenecía. Un referente indiscutido cuando se habla sobre fútbol y la pelota que nunca manchó, porque la hacía rodar con magia, precisión y sobrado talento.

Su imagen fue vendida en millones de productos por todo el mundo, el merchandising en torno a su figura hizo explotar los puntos de venta durante muchos años, hasta las plataformas de moda en las redes sociales se vieron beneficiadas proyectando series y películas sobre su vida. Ganó mucho dinero pero también repartió a manos llenas, su posición política estuvo bien definida, el socialismo fue su bandera y creía en él apoyando líderes de izquierda en todo el mundo, sin medir si esos personajes fueron lo mejor para sus pueblos, porque tampoco era su tarea, estaba en su derecho. Los políticos aprovecharon el gol de tenerlo de su lado para fortalecer su propaganda partidista, uno de sus lemas fue “Sólo un pobre entiende los problemas de otro pobre, nadie más”.

Se nos fue el Pelusa, se nos muere sólo físicamente quien nos regaló tantas alegrías en hermosas tandas de noventa minutos que nos durarán por siempre en el corazón.

Su vida fue, desde su niñez, de movimientos luchas y guerras continuadas, todo le costó mucho porque empezó con nada, por eso es de las personas que el descanso y la santa paz lo deben acompañar, además de compensarlo con el recuerdo permanente, agradecido y de por vida, de todos los que admiramos su arte. Nos vemos Diego, sólo Dios -el de la mano salvadora-, sabrá cuando, pero seguro te buscaré para deleitarnos otra vez con los recuerdos de tus triunfos gloriosos.

 

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