Mentir para sobrevivir blog

Por José A. Ciccone

Hace un par de semanas, los que somos lectores consumados, nos sentimos feamente impactados por la noticia que las librerías Ghandi cerraban sus puertas, luego caímos en cuenta que se trataba solamente de una de sus sucursales históricas en la Ciudad de México. Nos tranquilizamos parcialmente, porque el anuncio mencionado deja ya una alarma encendida que hace varios años viene sonando con insistencia: la gente lee menos libros.

Quizás los defensores de la lectura por la vía del internet me digan que hay que reducir el pánico o no exagerar al respecto porque los e-books están expandiendo la literatura, no amenazándola, o como me lo expuso un joven amigo, “Por qué la literatura debe identificarse con el objeto libro, o incluso con la escritura, si la Ilíada o la Odisea eran poemas orales y una vez inventada la escritura, la literatura circuló muy bien en papiros, pergaminos o papel de seda sin el libro. El libro actúa como soporte solamente, así como la cultura oral dio paso al manuscrito y ésta cedió paso ante la imprenta y la galaxia Gutenberg dará lugar a la era digital, así de simple”.

Respeto esta opinión aunque no la comparta del todo, porque los que hemos leído bastante como para saber diferenciar, recordamos que hasta la invención de la imprenta, y con ella de la novela, la lectura era un hecho colectivo. El bardo transitaba de pueblo en pueblo recitando los poemas de todos en las plazas públicas o el palacio; en las ventas de España el ventero leía novelas de caballería en voz alta para todos los huéspedes y comensales. Hasta el Renacimiento, al menos la poesía se recitaba en público acompañada de música. Incluso en la actualidad, la mayoría de los que alguna vez iniciamos el aprendizaje, lo hicimos en la literatura mediante prácticas colectivas: en la escuela, el maestro lee para todos sus alumnos y en los grupos de lectura todos leemos el mismo texto -aunque lo leamos solos en casa-, y luego nos reunamos para compartir esa experiencia. La excepción podría ser el género novela, por el grado de inmersión que requiere, es apropiada para leer en soledad.

El acto de leer y sumergirnos en una historia, opera sosteniendo su diferencia, como impulsor a un encuentro que en tanto fallido, podrá ser reencuentro esperanzador del lector, sus sentimientos e impulsos. Las lecturas producen, inconscientemente o no, una elaboración. Leer entonces es parte de un proceso de orden artesanal; no es el solo hecho de recibir o consumir sino que implica interpretar, pensar, evaluar, discurrir, analizar y discutir. Existiría entonces un núcleo de lo que denominamos amor y luego todo lo otro que también participa en lo que llamamos así, de manera que podrá considerarse el amor a un texto, a su autor o a su libro y todo lo que de él emane y se interprete en libertad.

Cada recitación provoca en el lector pulsiones, localizaciones o algún hilván en relación a determinada problemática propia y esto, a su vez funciona como nudo, enlace, vínculo hacia nueva salidas o aperturas. Aquel que toma un libro en sus manos, lo huele y lo acaricia, se expone al riesgo de ser sometido a la emoción de una página que, de repente, hace surgir un suceso de amor o dramático que puede desestabilizar, hay un peligro, yo amo esa sensación porque no sé adónde voy. El que quiera, a cualquier precio, saber con precisión a dónde va, que no lea. La apuesta lectora entonces, que tantea y trabaja en su leer apartando de sí prejuicios u objeciones prematuras, implica en el movimiento de su propia figura, desde la perspectiva del accionar de vida, cierto flui amatorio, porque el libro que suscita amor, nunca deja de prometer pero se mantiene a su vez abstinente.

Podría jugar con la conjetura que siendo la lectura inexorablemente ligado al pensar, que aquella brecha o espacio de acción; sería el resquicio por donde además de persistir el movimiento amoroso, manteniendo ligado al libro, podría circular el pensamiento en un amplio andarivel de libertad que nos convoca extendiéndonos los brazos desde una diferencia, algo que no es lo mismo y de lo que estoy desprovisto, que me encanta y entusiasma su aproximación.

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