SEMANA SANTA: La fe y Jesús, motores de la comunicación humana.

 La Semana Santa representa la fecha más significativa para la grey católica que agrupa más de mil doscientos millones de personas en todo el mundo, es por esto que siempre resulta inspirador y gratificante revisar, releer y escribir sobre este apasionante tema, además de compartir algunos textos que configuran una real remembranza de lo que fueron los 33 años de vida en la tierra, crucifixión y eternidad de Jesús de Nazaret.

  El Nobel José Saramago escribió en El Evangelio según Jesucristo: “Jesús muere, muere y ya va dejando la vida, cuando de pronto el cielo se abre de par en par por encima de su cabeza, y Dios aparece…”.

 Todo indica que esta leyenda sagrada de Jesucristo, inició 33 años antes de su muerte. En Belén, hace más de dos mil años, cuando nacía en la más absoluta indigencia, pobre como el mismo desierto, en el seno de una familia sagrada y en un humilde pesebre, para beneplácito de Dios y el mundo. El niño era hijo de José y María, dos esenios practicantes. Los esenios eran puritanos y fieles representantes del ascetismo. Confrontaban con otros grupos de judíos religiosos, como los filisteos y los fariseos, entre otros,  por el control moral de toda la comunidad hebrea. Pacifistas y propagadores consumados de la fe, llevaban una vida ejemplar de trabajo, honradez y humildad dignos de encomio.

 El censo impuesto por la policía imperial de Galilea y de Judea, obligó a la familia a un traslado y peregrinaje que cambió la historia en forma definitiva. Así, José partió en altas horas de la noche hacia Judea, lugar de donde provenía. En el camino nació Jesús.

En Roma gobernaba el magno emperador Augusto y en Israel, Herodes el Grande, un comprobado y aventajado lujurioso que no ahorraba crueldades a sus súbditos. Lo inquietó la noticia, a manera de rumor, de que había nacido un niño en su territorio, que sería Rey y futuro Mesías, según opinión de sus asesores. Herodes entonces, mandó a asesinarlo y llenó la tierra de verdugos que ejecutaban a todos los bebés nacidos en esa época. Derramaron mucha sangre inocente, pero Cristo no fue capturado. Según los Evangelios, lo protegía una fuerza diferente. Su padre José, con presteza partió a Egipto porque allí Herodes y sus villanos no imperaban.

La pugna de las dos potencias ya se habían perfilado. Por un lado, los guardianes del imperio, al servicio de Roma y de la voluntad del poder; por el otro, un niño sagrado que luego fue un hombre sagrado que sería proclamado Rey, aunque su Reino no era de este mundo terrenal.

 Fue más tarde, cuando Jesús tendría unos treinta años, que acudió al encuentro de su primo Juan el Bautista, esenio como él e hijo de Isabel y Zacarías. Era un hombre enjuto y afilado, de cuerpo tan árido como el desierto, barbas ralas y fe obsesiva. Comía solamente miel silvestre y langostas. No obstante, se decía que estas langostas eran capaces de devorar todo el descreimiento en los corazones de quienes acudían a él. Como todos los esenios era políticamente rectilíneo e intransigente. Cuando un grupo de gentes, acosados por la pobreza e injusticia, le preguntaban: “¿Qué habremos de hacer?”, les respondía, “Que quien tenga dos túnicas le dé una al que no tenga ninguna”. El mismo Juan que fue detenido por las fuerzas del brutal Herodes Antipas (hijo de aquel siniestro personaje que mandara matar a los niños) y posteriormente decapitado, para exhibir su cabeza en bandeja, en una noche de lujuria ante el baile desenfrenado y ardoroso de Salomé. Ella misma, minutos antes, había pedido a Herodes le trajera ante sus ojos la horrorosa ofrenda.

 Jesús, lo mismo que el Bautista, se había educado en el Desierto, con los esenios, de quienes adoptó la regla de los bienes en común, la cena ritual, la ceremonia del bautismo y su desprecio por la propiedad, pero al cumplir treinta años se apartó de la secta, en rebeldía con ella o autorizado por ella, para predicar su propia doctrina y fundar su propia orden. Se permitió beber, cosa que no hacían los esenios, y curar en sábado, porque el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado. Nunca sin embargo, dejó de sentirse esenio”.

 A ambos los ejecutaron los romanos. Luego de la conocida ejecución de Juan, escribió Crossan, que no había razón alguna para suponer que Jesús no haya imaginado un destino similar para él.

 Cristo resistió la tentación del Diablo en el desierto y desde allí fue a Galilea y comenzó a predicar: “ Arrepentíos porque se acerca el Reino de Dios”. Y así fue que su fama creció y los discípulos lo fueron rodeando. Las muchedumbres, por toda Galilea y Siria, empezaron a creer en él. “Lo seguían todos los que padecían algún mal, los atacados por diferentes enfermedades y dolores, los endemoniados, lunáticos, incapacitados. A todos curaba” (San Mateo 4-5). Decía cosas llenas de esperanza: “Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia, porque ellos serán recompensados”. Sus prodigios y dichos se esparcieron por todas partes. Pidió “amar a los enemigos”, multiplicó los panes y los peces, caminó sobre el mar, echó a los mercaderes del templo, perdonó a una prostituta, aseguró que es más fácil que un camello atraviese el ojo de una aguja que un rico llegue al Reino de los cielos. Recomendó poner la otra mejilla y hasta resucitó a un muerto llamado Lázaro.

 La historia es más larga y compleja, pero no menos tremenda. Y prefiguraba el otro crimen, el crimen contra Dios, según la visión de los creyentes. Escribió el poeta francés Charles Baudelaire: “Dios es el único ser que para Reinar, no necesita ni siquiera existir”. Eso es lo que no comprendieron los presuntos asesinos de Dios, que el  Deicidio es imposible. Ni lo que Hegel enseñó mucho después: “Dios es la idea de Dios”. De allí que su condición de eternidad y de inasibilidad para la malicia de los hombres. “ La ilusión del crimen de destruir una vida ajena y de incrementar así la propia se disipa, pues aparece en escena el espíritu incorpóreo de la vida dañada, revuelto contra el crimen”.

 El mal se enmascara, se escabulle y se acerca, seduce y tienta, sobre todo cuando la necesidad apremia. Si hay una prueba de fuego ésa es la de detectar el mal para resistirlo mejor. El desierto es sólo una metáfora, según la visión del biblista alemán Martin Heidegger, “es una soledad sonora y espacial que propicia la escucha, que abre el alma al llamado y el mal llama a la puerta del alma de los hombres y el bien también”. Pero ¿quién es el Diablo y quién es el buen Dios? No es fácil distinguirlos en el día a día de la vida, cuando nada es fácil. Es en soledad que al fin cada uno decide, es en el desierto existencial, cuando se juega el destino de la libertad.

 La traición

 Por cierto hubo un traidor. En la Última Cena, Cristo, que lo sabía todo de antemano, señaló al traidor dándole un pan y le dijo, mirándolo fijamente: “Lo que vayas a hacer, hazlo rápido”. El traidor fue Judas, él integraba el círculo íntimo de los Doce Apóstoles , cobró treinta monedas de plata para delatar a su maestro y lo hizo con un beso. Como lo describiera John Dominic Crossan, “Judas es demasiado malvado para ser falso”.

 Frente a una turba con sed de sangre divina armada con machetes y palos, besó a Cristo en el rostro, era la contraseña esperada por los perseguidores. “Aquel a quien yo bese –les había anunciado Judas- ése es el Cristo”.

 Según San Mateo, el traidor se arrepintió después. Arrojó las treinta monedas de plata en el templo de los Sumos Sacerdotes y luego se ahorcó.

 Según los Evangelios, Caifás, Sumo Sacerdote de los hebreos, entre el año 18 y el 36 d. C. y Poncio Pilato, prefecto romano de Judea entre el 26 y el 36 d.C. fueron los que, en complicidad y a espaldas de los judíos entonces colonizados, tramitaron y ejecutaron el juicio sumario sobre Cristo.

 Los últimos días

 La muerte en la cruz estaba muy extendida en el mundo antiguo. Era la preferida por los verdugos griegos, persas y cartagineses. Todos solían aplicar este método para ejecutar a jerarcas militares o políticos acusados de traición. Y los romanos lo utilizaban para matar esclavos, criminales violentos y de baja ralea. Las ejecuciones eran públicas y terminaban con un horrible espectáculo. Las víctimas no eran enterradas y sus cuerpos quedaban expuestos al público mientras eran devorados por las aves de rapiña. La crucifixión como muerte sin sepultura, significaba la máxima deshonra para los ajusticiados. Cristo, sin embargo, fue sepultado, aunque según los Evangelios, él abandonó el sepulcro al tercer día para resucitar y ascender a los cielos.

  Jesucristo

 Su historia fue muy dramática, tanto, como sólo pudo serlo el “thriller” sagrado más arduo de todos los tiempos. Su largo silencio y su invocación estremecedora, “Padre, por qué me has abandonado” y su muerte. Su sangre goteando sobre las arenas del Gólgota y la sangre de los justos que sigue, hoy en día, brotando en todas partes del complicado y confuso momento en que vivimos. Porque el mundo desborda ya de crucificados, y la tierra se llena de gritos alarmantes, lamentos y agonías. Los pobres que aún no se sienten bienaventurados y el dolor que vuelve y que para algunos se hace eterno como este sentido de la vida, que se esconde y que por momentos parece reaparecer, todo eso, todo, la vida y la muerte misma, pueden verse, sentirse y percibirse en el instante de esa crucifixión, la de Cristo, que tantos misterios y sentimientos alberga. Tantos como la sonrisa de un niño recién nacido, del vuelo de una mariposa o del aire que respiramos. 

 Tentaciones en el desierto

 “Impulsado por el Espíritu Santo, Jesús pasó cuarenta días de soledad y ayuno en el desierto. Antes de iniciar su misión, Satanás lo tentó poniendo a prueba su condición de Mesías e Hijo de Dios. Esas tentaciones, bien reales, recuerdan a las de Adán en el Paraíso y a las de Israel en el desierto durante su éxodo. Jesús no sucumbió y permaneció fiel a su vocación de siervo de Dios, obediente a la voluntad divina, hasta aceptar morir en la Cruz”.

 Multiplicación de los panes

“Jesús nunca aceptó hacer prodigios para satisfacer la curiosidad humana. Pero realizó mucho milagros para dar a entender que el Reino de Dios se hacía presente en su persona y que él era el Mesías esperado.

En un desierto de Galilea multiplicó panes para alimentar a una gran multitud. Entendiendo mal su mesianismo quisieron proclamarlo rey, pero él se apartó. Y tras revelar su verdadero proyecto, perdió popularidad”.

Transfiguración

 Luego de anunciar que moriría y resucitaría al tercer día, en una montaña de Galilea, frente a tres de sus discípulos, el rostro y los vestidos de Jesús se volvieron fulgurantes.

 Y se oyó la voz del Padre Celestial: “Este es mi Hijo, mi elegido, escúchenlo”.