Por José A. Ciccone

Para mi amigo del alma Alfredo Fox, que con su reciente muerte física, llenó mi corazón de silencios inconsolables.

Los convencionalismos costumbristas establecen, dentro de cada sociedad, cuando el silencio significa actitud respetuosa, prudencia, ignorancia, orgullo, desprecio, admiración, asentimiento, negación, duda, encono, indiferencia, éxtasis, expectación, recogimiento, humildad, recordación, vergüenza, timidez, sorpresa, recato, meditación, curiosidad, picardía, olvido, acusación, enojo, tozudez u ocultamiento.

Habla la historia

Como símbolo de veneración y respeto, el silencio fue idolatrado como un Dios en la antigüedad. Desde su legendario origen egipcio, se le dio el nombre de Harpócrates. En Grecia y Roma, su estatua se colocaba en la puerta de los templos para significar que a todos los dioses se les honra con el silencio. Su figura era la de un joven con una mitra (gorra puntiaguda) egipcia o una cesta sobre la cabeza, que con un dedo posado en sus labios recomendaba callar. Le estaban consagrados el loto y el albérchigo, árbol este último con hojas en forma de lengua humana.

El tiempo pasó y hoy, en pleno siglo XXI, las grandes sociedades de ritmo moderno no tienen noción de los silencios colectivos “deleitosos”. ¿Juntarse los seres humanos sólo para permanecer silenciosos?…Absurdo. ¿Dejar “tiempo en blanco” en esta época en que los business enseñan cada vez más que time is money?…Inconcebible, casi inaceptable en esta enfermiza y materializada sociedad de hoy en la que todos estamos inmersos.

Sin embargo, aún en el ruidoso mundo que nos acompaña sigue teniendo vigencia el silencio como modo de actuar, como respuesta a las circunstancias de la vida. “Quien calla otorga”, dice la sabiduría popular.

Para el juez, no contestar a un requerimiento significa reconocer culpas. En la política, como en la diplomacia, abstenerse suele ser más contundente que expresarse. No responder ante un saludo o una pregunta, se interpreta como grosería, orgullo o enojo, en el trato social.

En la agitada vida citadina que transitamos, el silencio es como un personaje extraño, por eso no se valora lo suficiente esa “maravilla” -como lo llamó alguna vez Cervantes-, que forma el campo de la meditación, del sosiego, de la plenitud, de la comunicación con el infinito.

El silencio manejado por los grupos o las multitudes, cobra dramática fuerza en la actualidad: las marchas pacíficas, las protestas con bocas cosidas profundizando el encono o la diferencia, las “guerras de rodillas”, las huelgas calladas con que los movimientos unidos defienden sus principios, son algunos ejemplos vehementes de comunicación silenciosa.

El gregarismo del hombre lo ha llevado al extremo de enajenarse y ceder su más íntimo derecho: el de comunicarse en lo hondo consigo mismo.
Hoy también se puede luchar y vencer callando, aunque sea más complejo hacerlo: los medios de difusión masiva en todo el mundo, saben muy bien el valor que tiene el silencio sobre hechos y personas, sea impuesto o voluntario -por “mordazas” oficiales u ocultamientos de propia cosecha-.

El silencio es un medio de expresión tan profundo, múltiple, indefinido, nutrido en los rincones más delicados del alma humana, que ha sido tratado por escritores, comunicadores y filósofos de todas las épocas. Existe una zona de líneas muy finas en el ser humano, donde ‘decir es también callar’, quizás suceda porque lo esencial es a la vez decible e indecible, palabra y silencio.