Por José A. Ciccone.

Hace algunas semanas hablábamos del mundo de hoy y el silencio que habla, donde cabe esta reflexión: en la época que vivimos coexisten todos los grados de la civilización, desde el más estático primitivismo hasta el tecnicismo más avasallador. Por eso, numerosos estudios referentes a las costumbres de los hombres que aún viven en tribus, cuevas o refugios ascetas, describen parte del mundo actual, tanto como pueden hacerlo las investigaciones sobre los efectos de la comunicación electrónica, que no se detiene en su innovación constante, o la radiación misma.

A partir de documentaciones e investigaciones acuciosas sobre el tema, se determina que el factor más importante en la decisión de hablar o callar siempre está de acuerdo con el tipo de relación existente entre los seres humanos. Así, cuando un extraño (no conocido) se encuentra en una reunión, se lo separa por medio de la distancia que implica el silencio. A los “extraños” que inician conversaciones rápidamente se les desconfía, pues se piensa que quieren algo –dinero, trabajo, transporte- o que están acelerados por el alcohol o algún otro estimulante de moda exhibido, además, en alguna serie televisiva de moda que lo hace ‘antojable’ y fácil de obtener.

Otra situación cotidiana en que es costumbre guardar silencio se presenta (o presentaba) durante las primeras etapas del galanteo o la conquista amorosa: los “novios” pueden estar de pie o sentados, a veces tomados de la mano, sin intercambiar palabras en mucho tiempo –actitud observada no sólo en las reuniones públicas, sino que puede hacerse más pronunciada cuando están a solas. Las miradas profundas comunican mucho más que mil palabras. Algunas civilizaciones atribuyen esta renuencia a una “timidez intensa” y a sentirse cohibidos por la falta de conocimiento entre las parejas; además, influye mucho la actitud de algunas muchachas a quienes se les ha enseñado que el silencio durante el galanteo es signo de modestia y que el ansia de hablar denuncia que han tenido experiencias previas con otros hombres. En este caso, hay una relación directa entre la facilidad y la frecuencia con que las parejas jóvenes se hablan, y lo bien que se conocen.

También cuando alguien regresa al hogar después de una larga ausencia, sus parientes y amigos los reciben en silencio, con un poderoso estruendo interior, pero en silencio. Es típica la escena en que el hijo vuelve de la escuela superior o universidad, al cabo de meses de ausencia y el primer encuentro con sus padres es de un profundo, amoroso y meditado silencio, luego es el joven que lo rompe y empieza sus relatos, mientras los padres escuchan atentamente y tácitamente admiten que inicialmente los muchachos que se han ido a estudiar, parecen distantes y desconocidos, considerando inapropiado interrogarlos directamente o ‘de golpe’ a su regreso; esperan conocer su estado por la información que vaya surgiendo de los mismos jóvenes, que al principio también se sienten algo “extraños” y no inician conversaciones con facilidad. Los casos más patéticos se han dado en aquellas familias donde uno de sus integrantes regresa de una guerra cruenta y alejada de todo confort, amigos y protección de parientes cercanos.

Otra circunstancia en que algunas civilizaciones hacen honor al silencio, es ante un individuo que está “fuera de sus casillas”, encolerizado y dirige insultos sobre cualquiera, sea o no el destinatario lógico de ellos. Aquí la abstención de hablar del afectado es considerada una medida de prudencia (especialmente en “fiestas con bebidas embriagantes”), pues se piensa que el encolerizado u alcohólico es una persona “irracional” o “un loco” y que no debe llamarse su atención con palabras, que todavía puedan alterar más su “insano” momento.

Como gesto de respeto, el silencio se usa todavía en algunas tribus ante personas con posición de autoridad. Además, lo utilizan los brujos y hechiceros cuando deben ‘posesionarse’, durante la preparación de los atavíos ceremoniales. Estas situaciones se repiten con básica igualdad entre otros indígenas americanos que han sido objeto de estudios.

Si analizamos comparativamente las costumbres de nuestra sociedad en casos similares, concluiremos que el silencio sigue siendo un medio expresivo adecuado e intenso cuando significa prudencia, respeto o adhesión profunda; pero no es tan usual en las situaciones de acercamiento personal, en que domina el reinado de la palabra persuasiva y seductora.

Cuando se usa el silencio para “acompañar a gente que está triste”, especialmente por duelo, en cualquier tipo de encuentro, se hace por adhesión y cortesía, para evitar al afligido el esfuerzo de hablar, y porque la comunicación verbal en esas circunstancias es básicamente innecesaria; otro motivo es la creencia de que la “intensa pena”, como el enojo o la tristeza, producen cambios en la personalidad, y es bueno precaverse.

Otra situación donde el silencio actúa es para “acompañar a alguien por quien cantan”, es decir, en ceremonias religiosas de orden curativas en que resulta inapropiado que alguien –excepto el médico del alma- hable al paciente mientras dura la ceremonia del canto. Aquí el silencio tiene por objeto no interferir ni contraponerse al “poder”, que hace volver “santo” al destinatario del rito.

En todas las actividades verbalmente proyectivas (docencia, oratoria, arte dramático y declamatorio, periodismo oral), el silencio tiene y ha tenido una prestancia singular. Cuando el hablante hace una pausa, breve o extensa, está cumpliendo un definido propósito expresivo: indica reflexión, pena intensa, sorpresa, indiferencia o duda, admiración, respeto, interrogación o emociones diversas. A la vez, es muy significativo el silencio del auditorio, que puede ser de atención, incomprensión, respeto, adhesión u otras actitudes de respuesta a lo recibido. Lo contrario, como el hablar mientras otros exponen, o recibir llamadas imprudentes que distraigan a todos, son muestras irrefutables de una falta de cultura y educación básica, invadida por una “comunicación hablada” que denota un alto grado de supina ignorancia.

El silencio, es pues, un medio de expresión tan “profundo, múltiple, indefinido, nutrido en los rincones más
delicados del alma humana” que ha sido cultivado y tratado por escritores, comunicadores y filósofos de todas las épocas. Existe una ‘zona’ de líneas muy finas en el ser humano, donde ‘decir es también callar’, quizás suceda porque lo esencial es a la vez decible e indecible, palabra y silencio.

Me gustó como cierre de hoy, este pensamiento del sociólogo Mauthner que guarda una verdad enorme: “Dos clases de bestias son las más idiotas: las que no pueden hablar y las que no saben callar en absoluto. A ambas les está negado comunicarse”.